Los accidentes vasculares cerebrales (AVC) causan muerte o invalidez a más de 40% de los individuos que lo sufren, quienes tuvieron como factores de riesgo presión arterial elevada, endurecimiento de las arterias, edad avanzada, anemia grave, drogadicción o trastornos en la coagulación.

En esta enfermedad el factor tiempo es determinante, pues se ha comprobado que los pacientes tratados por el neurólogo en forma temprana, recuperan en mayor medida sus funciones cerebrales y físicas.

Previo al infarto

En las paredes de las arterias suele acumularse colesterol y residuos de células musculares y sanguíneas, además de calcio, lo que suele dar origen a lo que se llama placas de ateroma, que de alcanzar tamaño que dificulte el paso de la sangre produce aterosclerosis. Esos elementos que se adhieren a los conductos por donde fluye la sangre -al igual que coágulos- pueden desprenderse e incrustarse en vasos sanguíneos del cerebro, lo que da lugar a bloqueo temporal de la circulación y, por ende, a accidente isquémico transitorio.

Este padecimiento es de inicio repentino y, por lo regular, dura entre 2 y 30 minutos; sus síntomas se presentan según la parte del cerebro que haya quedado desprovista de sangre y oxígeno, pero en términos generales agrupa a los siguientes trastornos:

  • Pérdida de la sensibilidad, debilidad o parálisis en pierna, brazo o costado.
  • Ceguera y sordera parciales.
  • Visión doble.
  • Mareo.
  • Lenguaje ininteligible.
  • Incapacidad para reconocer partes del cuerpo.
  • Incontinencia urinaria.
  • Desequilibrio y caída.
  • Desmayo.

Dichos síntomas son temporales, no obstante, estos episodios llegan a presentarse en repetidas ocasiones, riesgo que se incrementa conforme se envejece, al padecer hipertensión, aterosclerosis, enfermedad del corazón, diabetes, etc.

Lo irremediable

Un AVC se refiere a la interrupción del flujo sanguíneo al cerebro que siempre deriva en muerte de algunas porciones de tejido cerebral. Este padecimiento puede presentarse de las siguientes maneras:

Isquémico. Su causa principal es la obstrucción de algún vaso sanguíneo debido a aterosclerosis o coágulo (embolia cerebral); ello puede originarse en cualquiera de las arterias que se dirigen al encéfalo, por ejemplo, en la carótida puede desarrollarse acumulación importante de grasa (ateroma) y reducirse la circulación al mínimo, de manera similar a como lo hace el agua que corre por una tubería medio tapada. Dicho componente graso también puede desprenderse de la arteria carótida, pasar a la sangre y quedar atrapado en un conducto más pequeño cerrándolo por completo.

Hemorrágico. Se caracteriza por generar ruptura de un vaso sanguíneo, lo que impide la circulación normal y permite que la salida de sangre inunde alguna región del cerebro y la destruya; asimismo, este tipo de derrame aumenta en forma rápida y peligrosa la presión en el encéfalo. Las lesiones craneales representan la causa más frecuente de este problema en personas menores de 50 años, aunque también se asocia a malformación en arterias y venas.

Habitualmente el médico diagnostica un AVC por medio de historia clínica, síntomas (similares a los del accidente isquémico transitorio), exploración física, tomografía computarizada (radiografía en la que se usan ondas ultrasónicas), resonancia magnética y/o angiografía.

Una vez que se ha confirmado la presencia de ictus isquémico, el neurólogo administra oxígeno y asegura que la persona afectada reciba líquidos y alimentación adecuados por vía intravenosa, lo que se complementa con anticoagulantes. Para reducir tanto inflamación como aumento de presión en el cerebro se prescriben ciertos medicamentos y, si el paciente se encuentra muy grave, se coloca respirador artificial. El tratamiento del ictus hemorrágico es semejante al del isquémico, pero, a diferencia de éste, nunca se administran anticoagulantes y se procede a intervención quirúrgica para eliminar la sangre acumulada en el cerebro.

¿Y después?

Es importante saber que cada AVC es diferente, lo que depende de la parte dañada del cerebro, extensión de la lesión y estado general de salud de la persona, por estos motivos los pacientes pueden presentar las siguientes secuelas:

  • Debilidad o parálisis. Puede afectar un lado completo del cuerpo o sólo brazo o pierna.
  • Problemas de equilibrio o coordinación. Al paciente se le dificulta sentarse, estar de pie y caminar.
  • Dificultades de lenguaje. Se manifiestan mediante problemas para entender, hablar o recordar palabras.
  • Dolor o adormecimiento. Estas sensaciones se presentan en diversas zonas del cuerpo, impiden que el paciente se relaje y sienta cómodo.
  • Problemas de memoria y razonamiento. A la persona se le dificulta recordar acontecimientos, seguir instrucciones y tener conciencia de la fecha y hora del día en el que se encuentra.
  • Disfagia. Complicación para comer.
  • Incontinencia urinaria y/o fecal. Se puede ayudar al afectado mediante la colocación de pañales o cómodos.
  • Explosiones emocionales. El afectado suele pasar repentinamente de la risa al llanto y de ahí al enojo.
  • Depresión. Estado de tristeza extrema que puede presentarse semanas después del ataque cerebral.

Por lo anterior, adquiere especial importancia el seguimiento de un programa de rehabilitación, el cual incluye diversas actividades, como terapia física, ocupacional, de lenguaje, ocio y educación para el paciente y familiares.

Por otra parte, debe tenerse en mente que las personas que han padecido un AVC tienen mayor riesgo de sufrir otro, por lo que es de vital importancia seguir estrictamente las recomendaciones del neurólogo y aprender a reconocer las señales que pudieran indicar accidente isquémico transitorio o un nuevo AVC (por ejemplo, debilidad en un lado del cuerpo y dificultad al hablar) y buscar atención médica inmediata.

DETERIORO COGNITIVO

El deterioro cognitivo leve (DCL) es un campo de la neurología en la que se están centrando muchos equipos de investigación. Se trata de una situación clínica caracterizada por leves alteraciones de la memoria y mínimas pérdidas de la capacidad de realizar actividades. Para muchos, el DCL es considerado un factor de riesgo para sufrir posteriormente Alzheimer.

El deterioro cognitivo leve (DCL) es un síndrome de declinación cognitiva mayor que la esperada para la edad y que no interfiere significativamente las actividades de vida diaria.

Síntomas

Suelen ser pacientes ancianos (más de 65 años) que explican pérdida de memoria y alteración en la realización de sus actividades habituales. Dicha sintomatología es persistente en el tiempo y, por otra parte, no se debe a la existencia de otras enfermedades (neurológicas o de otro tipo).

Diagnóstico

Existen criterios de diagnósticos fijados en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales y en la Clasificación Internacional de Enfermedades, que permiten a los médicos realizar su diagnóstico.

  • Quejas cognoscitivas procedentes de los pacientes o su familia.
  • Se informa por parte del paciente o informador de un declive en el funcionamiento cognoscitivo en el último año.
  • Evidencia de trastornos cognoscitivos mediante evaluación clínica.
  • El deterioro no tiene repercusiones importantes en la vida diaria.
  • Ausencia de demencia.
  • Estos criterios posibilitan identificar el DCL, lo que constituye el primer paso del diagnóstico, los siguientes pasos irán encaminados a reconocer el subtipo de DCL.

Evolución y tratamiento

Cada año, 1 de cada 10 pacientes afectos de deterioro cognitivo leve evolucionan hacia la demencia (la enfermedad de Alzheimer es la forma más habitual de demencia). Sin embargo, la mayoría de pacientes presentan, de forma crónica, una alteración cognitiva discreta que no interfiere en su vida cotidiana.
           
Es necesario el seguimiento de dichos pacientes porque la evolución a demencia debe ser tratada de forma precoz con la medicación actualmente disponible. Asimismo es necesario el soporte social y familiar, tanto en el deterioro cognitivo leve como en la enfermedad de Alzheimer.

Los criterios de demencia requieren que el paciente tenga déficit cognitivo en dos o más áreas, tales como memoria, lenguaje, cálculo, orientación y juicio. Además, el déficit ha de ser lo suficientemente importante como para originar incapacidad social o laboral.

Se recomienda el uso de tests neuropsicológicos como el MMSE (Mini Mental State Examination) de Folstein, para detectar y seguir la evolución del deterioro cognitivo.


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